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La masturbación femenina: desde el origen al tabú

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Sabes que la masturbación es la autoestimulación de las zonas erógenas con el fin de complacerse, obtener placer y, en la mayoría de los casos, llegar al orgasmo. Como definición no está mal, pero esta definición ha ido cambiando a lo largo de lo siglos y no solo eso, sino que no es universal, no hay una única mirada hacia la masturbación y todo dependerá del contexto social y cultural en el que te veas envuelta. La desaprobación, considerarla un tabú, que genere culpa… es una estela que ha dejado la historia mientras se debatía en numerosos círculos científicos y religiosos la moralidad de este acto natural. En el cuerpo femenino (cis) las opiniones han sido muy variadas, viéndose la masturbación desaprobada en los siglos más próximos al actual llegando incluso a la ablación.


No hay huellas paleontológicas que demuestre si nuestros antepasados prehistóricos se mastubaban o no, pero teniendo en cuenta que somos mamíferos y también primates, parece lógico pensar que, efectivamente, lo hacíamos. La masturbación hoy por hoy forma parte de los homínidos, como por ejemplo de los bonobos, unos pequeños chimpancés que disfrutan de su sexualidad plenamente manteniendo relaciones sexuales entre ellos, sin importarles el sexo de su compañero, y masturbndose. Compartimos el 99% del genoma con estos activos homínidos que utilizan el contacto sexual para la cohesión social, la liberación del estrés y el estrechamiento de lazos afectivos entre los miembros del grupo: ¿os suena? Se ve que para ellos eso de “sexo para procrear” se queda muy escaso a pesar de no tener conciencia humana. ¿Hay algo más natural que eso?


La verdad es que la idea de la masturbación se fue construyendo a raíz de las normas y pautas morales de la época que le correspondía. Lo mismo masturbarse era sinónimos de autoestimularse como de autolesionarse, todo dependiendo de la perspectiva de cada época. Actualmente carece de sentido pensar que es una agresión física a nuestro propio cuerpo, de ser algo negativo -que no lo es- tendría algo que ver con la moral y los ideales aprendidos.


De los griegos hasta el siglo XX

Diógenes, cuatro siglos antes de Cristo, practicaba la maturbación en público y mientras era levemente reprendido (hoy sería inimaginable quedar impune a masturbarse en la vía pública) manifestaba que ojalá pudiese saciar el hambre de una manera tan sencilla, frotando sus tripas.


Desde Diógenes hasta el siglo XX la idea de la masturbación en las mujeres y de la masturbación en general se ha visto cada vez más alejada de la idea actual, al menos en occidente, dando pasos de gigante hacia atrás, convirtiendo la idea de la masturbación en una abominación, no solo desde el punto de vista religioso, sino desde el científico, con teorías que hoy por hoy serían absurdas y carentes de sentido.


Pero empecemos por Galeno, un médico, filósofo y cirujano del siglo I d.C. Este estudioso de Pérgamo (Imperio Romano) consideraba la masturbación como una manera de liberarse del esperma sobrante y de las consecuencias de su retención. Hasta aquí todo correcto, pero, ¿qué pasa si te digo que lo consideraba tanto en hombres como en mujeres? Sí, has leído bien. Galeno pensaba que las personas con ovarios, vagina y vulva también eran portadoras de esperma. Desde este siglo hasta entrando ya en el siglo XVII los hombres y las mujeres eran considerados un mismo sexo, solo que para ellas (mujeres cis) el soplo vital no había sido lo suficientemente fuerte como para llegar a desarrollar sus órganos por completo. Éramos, llamándolo de otra manera, hombres a medias, del revés. Esto no solo nos invitaba a entrar en una especie de patología, sino que las mujeres éramos por ello inferiores. Pese a este pensamiento, la masturbación en estos “hombres de revés” era altamente recomendada pues, dada nuestra anatomía, era mucho más probable que nuestro esperma (ay, si ahora supieran…) se quedase dentro y se pudriera. Algo a lo que se le llama ‘masturbación terapéutica.


Fuera del campo de la medicina, las personas que no estaban al tanto de estas masturbaciones terapéuticas, veían la masturbación como algo grotesco y de segunda categoría, algo tan solo permitido para pobres, esclavos y mujeres. Un hombre digno no podía rebajarse a ese nivel, pues con dinero pagaría a alguien con quien tener relaciones o se valdría de alguna esclava o algún esclavo. Sin embargo, en el caso de las mujeres, dado que nada podría rebajar más su estatus al ser “un hombre a medias”. Su dignidad no corría peligro dado que carecía de ella.


Con la Edad Media llegó Alberto Magno, obispo, doctor, teólogo, geógrafo y filósofo. Tras muchas cavilaciones, este obispo llegó a la conclusión de que el esperma salía del cerebro alegando que había cierta similitud entre ambos. Una de las pruebas que probaban su teoría era el caso de un monje que, al verse excitado por una mujer, pasó la noche masturbándose hasta que finalmente murió. En la autopsia de este hombre, sus ojos estaban deshidratados y su cerebro no tenía un tamaño mayor al de una granada. Hoy por hoy sabemos que nada tiene que ver estos dos datos y que la muerte del monje tal vez fuese por esa malformación que nada tenía que ver con las sesenta y siete (según queda recogido en los apuntes de Alberto Magno) masturbaciones.


Con el impacto mayor de la Iglesia la masturbación se convirtió en pecado ya que atentaba con las leyes de Dios. La sodomía, la fornicación y el adulterio eran ofensas mucho más graves, pero eso no impidió que el rechazo a la masturbación cobrase más fuerza durante el siglo XVII hasta convertirse en un acto pecaminoso. Le debemos esto a Onán, personaje del Génesis. Dios advirtió «creced y multiplicaos», por lo que la pérdida de semen era un acto destructivo, algo que Onán perpetuó repetidas veces. Según la Ley judía, Onán debía desposar a la viuda de su hermano fallecido ya que éste no tuvo descendencia. El hijo de la unión entre Onán y su cuñada sería la descendencia no de él, sino de su difunto hermano, Er. Onán eyaculaba fuera y malgastaba su semen para no procrear, por lo que según cuenta el Génesis, Dios le castigó arrebatándole la vida.


La masturbación ya no era un acto terapéutico, sino que llegaba a ser violencia, una idea amparada por doctores como Alberto Magno, con su teoría de que el semen salía del cerebro, y congratuladas por la Iglesia.


En 1758, Tissot, médico suizo, publicó El Onanismo. Tratado sobre los trastornos que produce la masturbación. Este libro añadía a todas las teorías en contra de la auto complacencia los efectos nocivos que tenía la masturvación en el sistema nervioso, inspirándose en los casos de su propia consulta. Según él, la pérdida de semen llevaba a calambres, convulsiones, ataques epilépticos, histeria y melancolía, algo que afectaba aún más a las mujeres dado que nuestro cuerpo se consideraba inferior y mucho más vulnerable que el masculino. Cómo no, la Iglesia no tardó en alabar las teorías de Tissot.


Tanto era el temor a la masturbación en la sociedad y el miedo a debilitar el cuerpo que se empezaron a aplicar castigos físicos, algo que mantuviese alejado el deseo de masturbarse o que directamente impidiese la masturbación. En el caso de los hombres, se les irrigaba en la uretra una solución de bicarbonato sódico para que las lesiones que provocaba les mantuviera alejados del deseo de masturbarse. En el caso de las mujeres, cuando no eran fértiles, se les practicaba la cauterización o la ablación del clítoris, algo que se prolongó hasta el siglo XIX.


Ya que el clítoris no tenía una función reproductora, pero si la inmoralidad de conducir al placer sin procreación, se justificó su cauterización y la ablación. Se tomó esta amputación como la salvación del aparato reproductor de la mujer, tomando al clítoris como un miembro inútil, un miembro gangrenado o un tejido cancerígeno. Eliminarlo era sacrificar una parte para salvar un todo.


Sin embargo, estas prácticas tan macabras y disuasorias del placer convivieron con otras tantas que no solo no penaban la masturbación sino que la utilizaban para sanar, como Galeno, diecinueve siglos atrás. En el siglo XX, alejadas ya de la idea de la existencia de un único sexo y habiendo comprobado que hombres y mujeres pertenecían a dos sexos orgánicamente diferenciados (hoy por hoy se podría abrir más de un debate con esta afirmación) la masturbación en mujeres se utilizaba para tratar la famosa histeria, una enfermedad nerviosa culpable de cambios emocionales, psíquicos y frecuentemente acompañada de sofocos. Los médicos proporcionaban estos masajes masturbatorios valiéndose de la mano, de vibradores o de chorros de agua. Hoy por hoy la histeria no solo es inexistente, sino que era una herramienta capacitista más para oprimir a la mujer achacando una enfermedad a su propia revolución. “No somos histéricas, somos históricas”, se grita ahora cada 8 de marzo.


La masturbación femenina hoy

Según el estudio de Ficción vs Realidad en el sexo de Bijoux Indiscrets, 11,2 de las mujeres no se ha masturbado nunca y el 13,3% se siente culpable cuando lo hace. La historia de la masturbación en general y de la masturbación femenina en concreto ha pasado por una hondonada de ciencia arcaica y de estigmas morales y religiosos hasta llegar a lo que es hoy en día a pesar de que cierto porcentaje siga alimentándose de prejuicios: una práctica saludable de autoconocimiento y placer.
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